Las flores de Dios

Un día me descubrí en un laberinto oscuro. No sé bien cómo llegué ahí. Tal vez fue un sueño —o algo más profundo, más antiguo—, pero era un lugar oscuro, muy oscuro. Tan oscuro que ni la propia sombra se atrevía a seguirme. A tientas, avancé por pasajes que se retorcían como pensamientos enredados. Cada giro se convertía en una posibilidad que moría pronto en una pared sin salida. Algunas vueltas me devolvían al punto de inicio, como si el tiempo se burlara de mí, dibujando círculos con mis pasos cansados. 

No había rastro de cielo, ni de estrellas, ni consuelo. Solo el eco de mi respiración y el roce de mis dedos contra aquellos muros fríos.

La desesperanza y el hastío se instalaron como una niebla espesa en el pecho. De pronto, en una esquina que parecía tan vacía como todas las demás, algo cambió. Un destello. Un murmullo de belleza.
Allí, en mitad de la sombra, reposaba un ramillete de flores.
No eran flores cualesquiera. Eran hermosas, vivas, vibrantes, intensas. Y, contra toda lógica, estaban bañadas por una suave luz de luna. Sí, luz de luna. En un lugar sin cielo.

Su aroma me alcanzó antes que el entendimiento. Era dulce, sereno, como la risa de alguien que amas o la brisa de una mañana armoniosa, en la que lo único que respiras es aire, sin más pesar, sin más recuerdos  y sin más nada que la temperatura misma del aire que te oxigena y te da vida.
Y entonces supe que no estaba perdida. No del todo.
Las flores eran una señal. Un faro silencioso.

Sonreí.
Una de esas sonrisas que no se piensan.

Como cuando suceden pequeñas cosas inesperadas que roban el aliento o inspiran sensaciones profundas, que conmueven el alma.
Como cuando un desconocido te sonríe honestamente y te devuelve la fe.
Como cuando encuentras una moneda en la calle y no importa ni de cuánto es.
Como cuando en tu bolsillo hallas un billete que no sabías que aún estaba ahí y tampoco recuerdas cómo llegó.
Una sonrisa que viene de lo inesperado, de lo exacto, de lo sagrado.

Junto al ramo, había una tarjeta delicada. No necesitaba abrirla para saber, con esa certeza que no se razona sino que se reconoce, que las flores me las envió Dios.

Un Dios antiguo y sabio, que conoce el laberinto y que sabe mi camino.

Él me envió flores. Y no por primera vez.

Ese ramillete era solo la forma más evidente de tantos otros que me ha dejado a lo largo del camino. Esas palabras que llegan justo cuando todo calla. Esos abrazos que huelen a casa. Esas canciones que acarician el alma. Esos silencios que apaciguan. Esas tantas otras flores de distintas formas, colores, sensaciones y aromas. Esas que vienen disfrazadas de personas, de paisajes, de pausas. Otras que tienen nombre, color, memoria, sabor.  La única diferencia es que estas sí se veían como flores.

Pero siempre —siempre— me traen el mismo mensaje: que no estoy sola. Incluso en la oscuridad, incluso en la noche, incluso en la sombra.

Él camina conmigo.
En cada giro.
En cada sombra.
En cada laberinto.

Y cuando menos lo espero…
me deja flores.

Raquel Picazo.


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